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ARTÍCULO/¿Desaparecerá el verde de todos los colores en el sur de Colombia?

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¿Desaparecerá el verde de todos los colores en el sur de Colombia?

Nelly Rocío Amaya Méndez
Casi todos recordamos al municipio de la Unión (Nariño), donde el “verde es de todos los colores”, como bien lo cantó con acento fabuloso y mitológico el poeta colombiano Aurelio Arturo (1906 – 1974), en su conocida obra “Morada al Sur”. Pero ahora me asalta la duda de si ¿dejará algún día de ser una de las tierras más fértiles y verdes que se hayan conocido en Colombia?
Pues aunque no parece probable que nos olvidemos del paisaje inmortalizado en sus versos y surcado por la cordillera de los Andes que le proporciona un clima lleno de contrastes  por lo que “el viento fértil, es un esbelto/viento que amó del sur hierbas y cielos en este país del viento”, sí resulta preocupante la explotación minera a gran escala que entró a la región a partir del año 2011 gracias al Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Canadá, y que ha permitido la inversión directa extranjera desde la minería (el 39.2%), seguido de la industria (22.3%), el comercio y la hotelería (13.7%) y otros rubros importantes.
Ya pasaron las épocas en que estaban tan sólo dos empresas, Petrosantander y Petronorte, vinculadas al sector petrolero, pues a partir del 2000, Ecopetrol atrajo nuevos inversionistas internacionales al mercado del petróleo colombiano y abrió la entrada de empresas como Gran Colombia Gold, que viene adelantando la exploración minera de oro y cobre, en una zona tradicionalmente agrícola.
El caso del norte del departamento de Nariño en los municipios de Arboleda y San Lorenzo (ubicados a tres horas al nororiente de Pasto, la capital nariñense), es muy diciente. Allí se encuentra el proyecto Mazamorras Gold36, donde viven alrededor de 19.000 campesinos y campesinas, trabajadores de la tierra que generación tras generación se han dedicado a las labores de la agricultura durante ya varios siglos -y no a la labor minera- generando no sólo un nuevo uso a los suelos sino grandes incertidumbres y conflictos al ofrecer dinero, empleo y contraprestaciones por la exploración del territorio.
A pesar de su vocación agropecuaria (con un PIB del orden del 39,5%, mientras la minería tiene el 2,3%), resulta ser hoy el cuarto departamento tras Antioquia, Chocó y Cauca en prioridad minera. El departamento pasó a tener 53 títulos mineros en el año 2002, a 992 para el año 2011, licencias repartidas en 52 de los 64 municipios que suman unas  333.000 hectáreas, la tercera parte de la superficie de este departamento del sur de Colombia.
Pues al parecer, la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (CIDA), principal organismo de cooperación canadiense para Latinoamérica, tuvo su injerencia en cuanto a la legislación minera nacional. Esto dio como resultado que el Código de Minas se modificara en el 2006 para la liberalización de las minas de oro, buscando favorecer los intereses de las compañías extranjeras.  Así, según la fuente consultada, la CIDA junto a Canadian Energy Research Institute (CERI) planificaron en el año de 1997, un proyecto de 11 millones de dólares con el fin de apoyar la liberalización de las minas y crear marco legislativo que empezó a regir en el 2001 sin consulta de los sectores sociales involucrados.
Por todo esto se manifiesta mi preocupación, así como  la supervivencia de un sin números de generaciones campesinas nariñenses que se han dedicado a la agricultura, y cultivan en su mayoría el café, mercado principal para el comercio junto a la Asociación Nacional de Cafeteros, además de plátano, papa, frijol, maíz, oyoco, trigo, yuca, guaba, etc. Las grandes extensiones de tierra vistas desde los altos de las montañas están en su mayoría cultivadas, donde viven las familias de pueblos como Santa Marta, que con pobladores de más de cien años.
Aunque los medios siguen hablando de las ventajas de la minería y generación de riqueza, la vida de las comunidades y los ecosistemas resultan afectados además del patrimonio espiritual y ancestral que ha pervivido por siempre.  Por eso, la comunidad ha tenido que organizarse. Se menciona el Comité de Integración del Macizo Colombiano – CIMA, que a través de las escuelas agroambientales veredales, tratan los temas asociados a la gran minería y sus efectos negativos en el estado del agua, la tala de árboles, el deterioro en los servicios públicos. Igualmente, la Mesa Intersectorial Departamental de Nariño, la Fundación del sur occidente y macizo colombiano -FUNDESUMA-, la Fundación estrella orográfica del macizo colombiano -FUNDECIMA-, y la organización agraria Coordinador Nacional Agrario de Colombia -CNA-, entre otras organizaciones.
Pero aunque la legislación favorezca los intereses de la empresa y no los de la población –aduciendo ser los dueños constitucionales del subsuelo y de los recursos naturales no renovables de acuerdo con el artículo 332 de la Carta Política- , poco a poco va ensombreciéndose un paisaje que en los versos del poeta, nos parece tan cercano a la creación del mundo pues éste salía lentamente entre las grandes y verdes hojas, donde seguramente trabajar era bueno, como ir por los ríos o acariciar  sus árboles entre las ricas maderas.


Fragmento de un poema: 


“En las noches mestizas que subían de la hierba/


Jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,


Estremecían la tierra con su casco de bronce”


(Morada al Sur)


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